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Ubud, comida saludable, masajes, compras y templos

Me metí por las trastiendas estrechas y oscuras, más frecuentadas por locales que por turistas, charlé con los vendedores, regateé y fui testigo, tras cada una de las compras, de un ritual para atraer a más clientes que consistía en pasar el dinero recibido por los artículos de la tienda mientras pronunciaban unas frases ilegibles para mí…

naturaleza

Me levanté prontito para aprovechar el día. Eran tan solo las siete y media de la mañana, pero no fui la primera en llegar a desayunar, al menos no ese día. Estaba sentada con vistas a las palmeras y la piscina mientras escuchaba a los pájaros cantar y sentía la leve brisa en mi cara y mis brazos descubiertos, ¡qué paz y tranquilidad! Me pedí la bandeja llamada desayuno saludable que incluía chupito de jengibre, zumo natural de sandía, yogurt casero, muesli, granola, miel, huevos revueltos, pan del país, kombucha casero y té verde. Acostumbrada a desayunar leche de arroz con avena y cacao puro me parecía misión imposible acabarlo, pero estaba delicioso y me lo comí todo, ¡Ja! ¿Creíais que no iba a poder?

Con las pilas cargadas tras el desayuno me dirigí con mi scooter a Ubud a pasar el día. Como era muy pronto me resultó fácil encontrar aparcamiento frente al palacio real, sitio habitual de recogida y dejada de turistas.

Primero iría al mercado tradicional de artesanía. Paseé entre callejuelas repletas de tiendas con bonitos bolsos de todas las formas, tamaños, materiales y colores, atrapa-sueños, vestidos, lámparas, sarongs y miles de recuerdos. Los comerciantes todavía estaban colocando la mercancía. Algunos de ellos aprovechaban la oportunidad al verme pasar para preguntarme de dónde eras, cuánto tiempo llevabas en la isla y si era la primera vez que la visitabas. Preguntas que, aunque puedan parecer inocentes, tenían como finalidad, fijar el precio inicial de tus posibles compras, y digo precio inicial por que en Bali casi siempre hay que regatea. Me metí por las trastiendas estrechas y oscuras, más frecuentadas por locales que por turistas, charlé con los vendedores, regateé y fui testigo, tras cada una de las compras, de un ritual para atraer a más clientes que consistía en pasar el dinero recibido por los artículos de la tienda mientras pronunciaban unas frases ilegibles para mí.

Ya había comprado demasiado, así que ahora haría algo de turismo. Bajé por Jl Karna camino del santuario de los monos cuando un vestido en el escaparate de una tienda me llamó la atención. ¡Oh, no, más compras no! Pasé y pregunté por el precio, este era el tipo de tienda en las que no se regateaba y los precios eran similares, o incluso más caros que en Europa. Mientras decidía si me lo probaba o no, un chico alto y moreno pasó a la tienda, miró una camisa, y se me adelantó al único probador que había. Ahora tendría que esperar. El chico salió del probador con la camiseta blanca con palmeras negras puesta y, todo coqueto, preguntó en inglés a la dependienta si le quedaba bien. Como no parecía muy convencido, le dije que sí, que le quedaba bien. La dependienta me miró con una sonrisa y me agradeció lo que supuso que era una ayuda, pero tan solo estaba diciendo la verdad. Él se percató y, antes de que dijera nada, bromee diciendo que solo lo decía para que a mí me hiciera un descuento en mi vestido, y nos reímos. Me pareció que tenía acento español y le pregunté de dónde era. Era de Barcelona y se iba en un par de horas. Siempre es agradable encontrarte a alguien de tu país así que decidimos abortar la operación santuario de los monos, que quedaba algo más alejado, e ir a visitar juntos algunos de los templos cercanos antes de que se marchara.

Hablamos de la situación política de Cataluña, de amores, y de su experiencia en Bali mientras visitábamos el palacio real, el precioso palacio de agua, nos hacíamos fotos y nos tomamos un zumo natural de papaya (yo) y una cerveza Bintang (él) en un sitio al aire libre, con mucho encanto y escondido del bullicio. Me contó que la decisión de ir a Bali la había tomado prácticamente de un día para otro. Al parecer no estaba pasando por un buen momento sentimental, todavía le quedaban algunos días de vacaciones y una amiga le animó a ir. ¡Y yo me consideraba una alocada por organizar el viaje con un mes de antelación! Además, estaba convencido que el ritual de purificación de agua de Tirta Empul había cambiado cómo se sentía y me animó a ir a purificarme, ¿me estaba llamando impura? jajaja. Finalmente nos intercambiamos los teléfonos y él se marchó al aeropuerto mientras yo proseguía mi camino, esta vez en busca de un spa para darme un masaje balinés.

Me di mi masaje balinés en un lugar que me recomendaron, bastante económico pero un poco destartalado. Seguidamente, escudriñé un lugar para comer. Caminando por JL Hanoman apareció ante mí una preciosa puerta redonda ligeramente abierta por la que se entreveía bambú, dragones que echaban agua por la boca y personas descalzas comiendo sentadas en el suelo. Me quité los zapatos, los dejé en la puerta y pasé. Qué maravilla de sitio y qué comida tan rica. Probé el jamu, bebida natural perteneciente a la medicina indonesia a base de cúrcuma, y el nasi campur de marisco, 100% recomendable. Y con la tripa llena, inicié mi camino de vuelta a mi hotel después de tener que apartar 2 motos que había dejado en filas detrás de la mía.

Si quieres conocer más sobre mis experiencias en Bali o necesitas ayuda para organizar tu viaje o evento en Bali, suscríbete o pregúntame.

Con la mejor de mis sonrisas,

Carmen.

2020-02-09T09:10:24+00:00

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