window.dataLayer = window.dataLayer || []; function gtag(){dataLayer.push(arguments);} gtag("js", new Date()); gtag("config", "UA-138690856-1");

Invocando al Dios de la guerra en una favela

…con la mirada fija en la carretera va aumentando la velocidad con la que mueve su pie derecho a medida que subimos aquel cerro de minúsculas casas a medio construir. Estamos adentrándonos en una favela…

naturaleza

El sonido del teléfono rezumba entre las cuatro paredes de piedra del antiguo convento de las Carmelitas, ahora convertido en la habitación del hotel dónde estamos alojados en Pelourinho, barrio colonial de Salvador de Bahía.

La voz del recepcionista, al otro lado, suena agitada y entrecortada.  ̶ Señorita, un caballero pregunta por usted. Le he dicho que espere fuera ¿Quiere que le diga que se marche?  ̶

̶ ¡Que espere!  ̶ contesto mientras cojo mi bolso blanco, a juego con la vestimenta requerida para la ocasión, y cuelgo.

̶ Rubén, nuestro chofer está esperándonos  ̶ le digo a mi novio, que está tranquilamente recostado en una butaca del siglo XVI leyendo un libro, a la vez que hago resonar mis tacones sobre el oscuro suelo de madera en un intento de ahogar los latidos de mi corazón.

Ávida de aventura y atraída por el misticismo, antes de emprender nuestro viaje a Brasil contacté por internet con Marcio, un desconocido brasileño que hizo de mediador para que nos invitasen a un terreiro. Los terreiros son los lugares donde se celebra las ceremonias del Candomblé, religión afrobrasileña practicada en la clandestinidad durante siglos.

Ahí está nuestro contacto, bajo la tenue luz de una farola, apoyado en un pequeño coche de color azul cielo cuya puerta aúlla al abrirla. Dentro espera una pareja de turistas italianos. Al verlos, mis palpitaciones se alivian. Ya no me importa tanto si el lugar al que nos dirigimos, cuya dirección ni siquiera sabemos, no es tan auténtico.

Rubén, que está allí más por complacerme a mí que por gusto, con la mirada fija en la carretera va aumentando la velocidad con la que mueve su pie derecho a medida que subimos aquel cerro de minúsculas casas a medio construir. Estamos adentrándonos en una favela.

̶ Hemos llegado, es ahí  ̶ dice Marcio en portoñol, señalando una casa de color blanco sucio y sin ventanas, encajada como una ficha de Tetris encima de una de color rosa pálido y debajo de otra de ladrillo con la ropa colgando  ̶ . En una hora paso a buscaros, este chico os llevará dentro  ̶ y se marcha.

Subimos las escaleras de hormigón sorteando los boquetes y paramos frente a una puerta en la que se entrevé un espacio diáfano de unos 20 metros cuadrados. En su interior, una marabunta vestida de blanco. Seguimos al muchacho y, entre empujones, ocupamos la primera fila.

Antes de que nos demos cuenta, al ritmo de los tambores, con el ceño fruncido, su piel del color jaspe y una musculatura posiblemente heredada de sus antepasados esclavos, aparece Oggun, Orisha de la guerra; ataviado de chaleco y pantalones púrpuras lanza enérgicamente su machete en descendentes movimientos oblicuos, como abriéndose paso entre la espesa maleza. Una señora irrumpe frente a él, con los ojos en blancos y con espasmos en perfecta sintonía con el replique de los tambores. Y a ésta le sigue otra, que tirada en el suelo convulsiona. Rubén se dirige a mí con una mirada que me recuerda a la de mi padre cuando de niña hacía algo no tolerado  ̶ Ni se te ocurra entrar en trance  ̶ . Los cinco años de noviazgo le proporcionan la capacidad de anticipar mis reacciones en algunas ocasiones.

Con pequeños riachuelos recorriendo todo su cuerpo, Rubén decide cambiar el característico olor de la ropa tras una intensa sesión en el gimnasio, por el del humo de su cigarro; lo anímico por lo mundano; el arropo por el desamparo. Yo permanezco un rato más dentro, como parte del todo, seducida, aliviada, liviana…  Sin Rubén, allí ya no queda nadie que me cuestione.

Al salir me lo encuentro, en un corrillo de fumadores. Tiene la cajetilla de Malboro que había empezado por la mañana estrujada en su mano. Tan solo nos miramos.  ̶ ¿Nos vamos?  ̶ le pregunto. Sí, nos vamos  ̶ responde él. Y como el humo del incienso, nos alejamos.

Si quieres conocer más sobre mis experiencias en Brasil, suscríbete o pregúntame.

Con la mejor de mis sonrisas,

Carmen.

…con la mirada fija en la carretera va aumentando la velocidad con la que mueve su pie derecho a medida que subimos aquel cerro de minúsculas casas a medio construir. Estamos adentrándonos en una favela…

naturaleza

El sonido del teléfono rezumba entre las cuatro paredes de piedra del antiguo convento de las Carmelitas, ahora convertido en la habitación del hotel dónde estamos alojados en Pelourinho, barrio colonial de Salvador de Bahía.

La voz del recepcionista, al otro lado, suena agitada y entrecortada.  ̶ Señorita, un caballero pregunta por usted. Le he dicho que espere fuera ¿Quiere que le diga que se marche?  ̶

̶ ¡Que espere!  ̶ contesto mientras cojo mi bolso blanco, a juego con la vestimenta requerida para la ocasión, y cuelgo.

̶ Rubén, nuestro chofer está esperándonos  ̶ le digo a mi novio, que está tranquilamente recostado en una butaca del siglo XVI leyendo un libro, a la vez que hago resonar mis tacones sobre el oscuro suelo de madera en un intento de ahogar los latidos de mi corazón.

Ávida de aventura y atraída por el misticismo, antes de emprender nuestro viaje a Brasil contacté por internet con Marcio, un desconocido brasileño que hizo de mediador para que nos invitasen a un terreiro. Los terreiros son los lugares donde se celebra las ceremonias del Candomblé, religión afrobrasileña practicada en la clandestinidad durante siglos.

Ahí está nuestro contacto, bajo la tenue luz de una farola, apoyado en un pequeño coche de color azul cielo cuya puerta aúlla al abrirla. Dentro espera una pareja de turistas italianos. Al verlos, mis palpitaciones se alivian. Ya no me importa tanto si el lugar al que nos dirigimos, cuya dirección ni siquiera sabemos, no es tan auténtico.

Rubén, que está allí más por complacerme a mí que por gusto, con la mirada fija en la carretera va aumentando la velocidad con la que mueve su pie derecho a medida que subimos aquel cerro de minúsculas casas a medio construir. Estamos adentrándonos en una favela.

̶ Hemos llegado, es ahí  ̶ dice Marcio en portoñol, señalando una casa de color blanco sucio y sin ventanas, encajada como una ficha de Tetris encima de una de color rosa pálido y debajo de otra de ladrillo con la ropa colgando  ̶ . En una hora paso a buscaros, este chico os llevará dentro  ̶ y se marcha.

Subimos las escaleras de hormigón sorteando los boquetes y paramos frente a una puerta en la que se entrevé un espacio diáfano de unos 20 metros cuadrados. En su interior, una marabunta vestida de blanco. Seguimos al muchacho y, entre empujones, ocupamos la primera fila.

Antes de que nos demos cuenta, al ritmo de los tambores, con el ceño fruncido, su piel del color jaspe y una musculatura posiblemente heredada de sus antepasados esclavos, aparece Oggun, Orisha de la guerra; ataviado de chaleco y pantalones púrpuras lanza enérgicamente su machete en descendentes movimientos oblicuos, como abriéndose paso entre la espesa maleza. Una señora irrumpe frente a él, con los ojos en blancos y con espasmos en perfecta sintonía con el replique de los tambores. Y a ésta le sigue otra, que tirada en el suelo convulsiona. Rubén se dirige a mí con una mirada que me recuerda a la de mi padre cuando de niña hacía algo no tolerado  ̶ Ni se te ocurra entrar en trance  ̶ . Los cinco años de noviazgo le proporcionan la capacidad de anticipar mis reacciones en algunas ocasiones.

Con pequeños riachuelos recorriendo todo su cuerpo, Rubén decide cambiar el característico olor de la ropa tras una intensa sesión en el gimnasio, por el del humo de su cigarro; lo anímico por lo mundano; el arropo por el desamparo. Yo permanezco un rato más dentro, como parte del todo, seducida, aliviada, liviana…  Sin Rubén, allí ya no queda nadie que me cuestione.

Al salir me lo encuentro, en un corrillo de fumadores. Tiene la cajetilla de Malboro que había empezado por la mañana estrujada en su mano. Tan solo nos miramos.  ̶ ¿Nos vamos?  ̶ le pregunto. Sí, nos vamos  ̶ responde él. Y como el humo del incienso, nos alejamos.

Si quieres conocer más sobre mis experiencias en Brasil, suscríbete o pregúntame.

Con la mejor de mis sonrisas,

Carmen.

2021-02-21T17:33:29+00:00

Deja tu comentario

Esta página web usa cookies Las cookies de este sitio web se usan para personalizar el contenido y los anuncios, ofrecer funciones de redes sociales y analizar el tráfico. Además, compartimos información sobre el uso que haga del sitio web con nuestros partners de redes sociales, publicidad y análisis web, quienes pueden combinarla con otra información que les haya proporcionado o que hayan recopilado a partir del uso que haya hecho de sus servicios. Usted acepta nuestras cookies si continúa utilizando nuestro sitio web. Settings Acepto

Cookies

Pruebas