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Carta a Cuba

Así eres tú, tan bella, tan alegre, tan desesperada, tan caótica, tan interesada, tan tuya…

No sé si te empecé a amar a ti porque le amaba a él o le amé a él porque te amaba a ti. Eso ya poco importa.

naturaleza

Cuba, mi amol:

El 2020 ya se acerca a su fin. Como cada año, dedico estos últimos días a deshacerme de todos los «por si acaso» que voy acumulando. Entre los papeles encontré un sobre que contenía la visa turística que me daba carta blanca para volver por tercera vez a tu república, Cuba. Esa que saqué en el verano del 2013 y que al final no utilicé. En ese mismo instante un aluvión de sentimientos y recuerdos se apoderaron de mí, esos que creía haber limpiado en los anteriores finales de año, pero que parecen seguir aquí. ¿Cómo olvidarlos? ¿Cómo olvídate? ¿Cómo olvidarle?

¿Te acuerdas de lo mal que me lo hiciste pasar en la comisaría de Centro Habana? Para que me autorizasen a dormir en su casa tuvimos que, además de pagar, demostrar que llevábamos un año viviendo juntos. ¿Y cómo vamos a conseguir papeles estando aquí?   ̶ le dije. Una sonora carcajada inundó la habitación al tiempo que me decía «lo que tenemos es que coincidir en cómo te gusta que te lo haga». Cómo eres, siempre con tus cosas   ̶ le dije con esta cara 😳. Allí sentada en esa silla de madera clara que me recordaba a las de mi infancia, rezaba a la virgen de la caridad del cobre, tu patrona, para que las preguntas íntimas no llegaran. Por suerte, al final todo salió bien.

¿Recuerdas a Olga, su tía? Si, esa risueña señora de 90 años a la que le llevamos una pila de chocolate y revistas Hola. Eso era lo único que necesitaba para ser feliz. Bueno, eso y el zumo de piña colada, al que yo también me aficioné, y que comprábamos a precio de oro en la tienda de la calle lealtad ¿Qué me dices del día que tuvimos que llevarla al centro de salud para lo de la operación de cataratas? En aquella sala diáfana, de paredes blancas y desconchadas no había ni una silla libre. ¿Cuántas personas podría haber esperado? ¿40? ¿50? Nosotros llegamos, nos acercamos al mostrador y la enfermera le hizo un gesto a él mirándome a mí. En su mano pude entrever un billete de color sepia. La enfermera se lo guardó rápidamente. Cuba, mi amol, ¿Acaso no es la sanidad para tus cubanos igualitaria y gratuita? En 5 minutos, la enfermera llamó a Olga. Ahí es cuando entendí que la habíamos sobornado y yo, allá dónde iba, era vista como una sucursal bancaria con patas. Un botecito de gel del hotel, unas sandalias rotas, una camiseta desgastada, un boli, cualquier cosa valía. Si, así me hiciste sentir, incluso entremezclada entre tu gente. Supongo que es difícil pasar desapercibida cuando eres más blanca que la leche y vas con cubanos más oscuros que el cacao.

Hace poco me llamo para decirme que, a Mireia, su otra tía, le dio un infarto. Estuvieron cuatro horas esperando una ambulancia, que nunca llegó. Al final decidieron coger un taxi, pero ya era demasiado tarde. Falleció en la puerta del hospital. Qué no había gasolina, nos decían cada vez que llamábamos reclamando la ambulancia; pero di algo en contra del gobierno, que una pila de coches de policía se presenta en menos de 10 minutos en la puerta de tu casa  ̶ me contaba con amargura y resignación.  Le comenté que iba a escribir sobre ti. Cuéntalo todo «Calmen», cuenta lo que realmente pasa en Cuba, tú lo sabes, tú lo has vivido –casi suplicaba, como si mis palabras fuesen a cambiar algo.

Así eres tú, tan bella, tan alegre, tan desesperada, tan caótica, tan interesada, tan tuya…

No sé si te empecé a amar a ti porque le amaba a él o le amé a él porque te amaba a ti. Eso ya poco importa.

Hay tantas historias que jamás serán contadas. Las mías las iremos recordando juntas. Yo no tengo nada que perder.

Hasta la próxima carta, mi Cuba.

Si quieres conocer más sobre mis experiencias en Cuba, suscríbete o pregúntame.

Con la mejor de mis sonrisas,

Carmen.

Así eres tú, tan bella, tan alegre, tan desesperada, tan caótica, tan interesada, tan tuya…

No sé si te empecé a amar a ti porque le amaba a él o le amé a él porque te amaba a ti. Eso ya poco importa.

naturaleza

Cuba, mi amol:

El 2020 ya se acerca a su fin. Como cada año, dedico estos últimos días a deshacerme de todos los «por si acaso» que voy acumulando. Entre los papeles encontré un sobre que contenía la visa turística que me daba carta blanca para volver por tercera vez a tu república, Cuba. Esa que saqué en el verano del 2013 y que al final no utilicé. En ese mismo instante un aluvión de sentimientos y recuerdos se apoderaron de mí, esos que creía haber limpiado en los anteriores finales de año, pero que parecen seguir aquí. ¿Cómo olvidarlos? ¿Cómo olvídate? ¿Cómo olvidarle?

¿Te acuerdas de lo mal que me lo hiciste pasar en la comisaría de Centro Habana? Para que me autorizasen a dormir en su casa tuvimos que, además de pagar, demostrar que llevábamos un año viviendo juntos. ¿Y cómo vamos a conseguir papeles estando aquí?   ̶ le dije. Una sonora carcajada inundó la habitación al tiempo que me decía «lo que tenemos es que coincidir en cómo te gusta que te lo haga». Cómo eres, siempre con tus cosas   ̶ le dije con esta cara 😳. Allí sentada en esa silla de madera clara que me recordaba a las de mi infancia, rezaba a la virgen de la caridad del cobre, tu patrona, para que las preguntas íntimas no llegaran. Por suerte, al final todo salió bien.

¿Recuerdas a Olga, su tía? Si, esa risueña señora de 90 años a la que le llevamos una pila de chocolate y revistas Hola. Eso era lo único que necesitaba para ser feliz. Bueno, eso y el zumo de piña colada, al que yo también me aficioné, y que comprábamos a precio de oro en la tienda de la calle lealtad ¿Qué me dices del día que tuvimos que llevarla al centro de salud para lo de la operación de cataratas? En aquella sala diáfana, de paredes blancas y desconchadas no había ni una silla libre. ¿Cuántas personas podría haber esperado? ¿40? ¿50? Nosotros llegamos, nos acercamos al mostrador y la enfermera le hizo un gesto a él mirándome a mí. En su mano pude entrever un billete de color sepia. La enfermera se lo guardó rápidamente. Cuba, mi amol, ¿Acaso no es la sanidad para tus cubanos igualitaria y gratuita? En 5 minutos, la enfermera llamó a Olga. Ahí es cuando entendí que la habíamos sobornado y yo, allá dónde iba, era vista como una sucursal bancaria con patas. Un botecito de gel del hotel, unas sandalias rotas, una camiseta desgastada, un boli, cualquier cosa valía. Si, así me hiciste sentir, incluso entremezclada entre tu gente. Supongo que es difícil pasar desapercibida cuando eres más blanca que la leche y vas con cubanos más oscuros que el cacao.

Hace poco me llamo para decirme que, a Mireia, su otra tía, le dio un infarto. Estuvieron cuatro horas esperando una ambulancia, que nunca llegó. Al final decidieron coger un taxi, pero ya era demasiado tarde. Falleció en la puerta del hospital. Qué no había gasolina, nos decían cada vez que llamábamos reclamando la ambulancia; pero di algo en contra del gobierno, que una pila de coches de policía se presenta en menos de 10 minutos en la puerta de tu casa  ̶ me contaba con amargura y resignación.  Le comenté que iba a escribir sobre ti. Cuéntalo todo «Calmen», cuenta lo que realmente pasa en Cuba, tú lo sabes, tú lo has vivido –casi suplicaba, como si mis palabras fuesen a cambiar algo.

Así eres tú, tan bella, tan alegre, tan desesperada, tan caótica, tan interesada, tan tuya…

No sé si te empecé a amar a ti porque le amaba a él o le amé a él porque te amaba a ti. Eso ya poco importa.

Hay tantas historias que jamás serán contadas. Las mías las iremos recordando juntas. Yo no tengo nada que perder.

Hasta la próxima carta, mi Cuba.

Si quieres conocer más sobre mis experiencias en Cuba, suscríbete o pregúntame.

Con la mejor de mis sonrisas,

Carmen.

2021-02-21T17:28:21+00:00

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