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Egipto, un inicio con sabor amargo

visado Egipto

No tengo palabras para expresar las sensaciones que percibí. Estaba traumatizada, triste, apenada, desconcertada…. Y aunque en ese momento no era consciente, fue algo que me costaría superar.

naturaleza

Hacía seis meses que Tere, mi amiga mexicana que conocí durante mis vacaciones en Chiapas, y yo habíamos planeado el viaje a Egipto. Tere, una enamorada de la cultura egipcia, me “whatsappeo” un día contándome su intención de hacer un viaje a Egipto. Las misteriosas piramides de Egipto con sus laberintos y trampas, los jeroglificos y los antiguos faraones siempre habían llamado mi atención, y aparecían plasmados en mi mente como viñetas de una pelicula de animación. Sin embargo, por motivos de seguridad nunca había tomado la decisión de visitarlo. Parecía que la situación había cambiado y el turismo en Egipto estaba en auge, así que sin dudarlo me ofrecí a acompañarla.

Era primeros de noviembre y, aunque hacía apenas cuatro meses de mi visita a Bali, poco ya quedaba de esa paz y tranquilidad  que me hizo volver a sentir viva. En poco tiempo me había vuelto a meter en esa espiral incansable de viajes de trabajo, horas delante del ordenador y conferencias telefónicas. Me sentía tan agotada que tengo que reconocer que no me hacía mucha ilusión ir a Egipto, aunque fuese por vacaciones. Así que, yo desganada y Tere emocionada, por ser la primera vez que salía de Mexico, llegamos al Cairo tras 5 horas de vuelo directo.

Tras soportar largas colas para el control de visa, cuando parecía que ya salíamos, me dí la vuelta y ví que un joven, apuesto y sonriente inspector de seguridad egipcio había parado a Tere. Tere no hablaba inglés, ni árabe, ni ningún otro idioma que el castellano. Como buena amiga, corrí veloz a su rescate. El inspector de seguridad hablaba perfectamente español, así que mi presencia, en lugar de ayudar, empeoró las cosas. Inmediatamente empezó la lluvia de preguntas: Si tú vives en Ciudad de Mexico y eres mexicana y tú en Madrid y eres española, ¿Por qué sois amigas? ¿Cómo y dónde os conocistéis? ¿Cuánto tiempo hace que os conocéis? ¿En qué trabajáis? ¿Podéis demostrar que trabajáis alli? ¿Tenéis un tour organizado?

Aaaahhhhh, estaba agobiada. No, por supuesto que no llevaba mi contrato laboral encima, no acostumbro a ello. Y no, no teníamos un tour organizado. Todavía no tengo claro si fueron los nervios o la falta de consciencia de la gravedad de la situación, la razón por la que Tere contestó con sonrisa de oreja a oreja, tono dulce y brillo en los ojos que no teníamos guía pero que si quería él podía ser nuestro guía. A mi la cara me cambió, ¡no me lo podía creer!, ¿de verdad estaba tonteando?. La miré desafiante y con tono serio le indiqué que no podía bromear. Estabamos en una situación delicada.

Tras la retirada de pasaportes y recogida de nuestras maletas para su inspección, me encontré, derrepente, sentada en un frío banco de hierro, rodeada de inspectores egipcios que abrían maletas de pasajeros sospechosos y esparcían todas sus pertenencias violando cualquier derecho a la intimidad. En esos momentos me sentí protagonista del programa “control de aduanas” que en domingos de aburrimiento había visto en Dmax.

La situación era tensa, muy tensa. Nos habían dicho que no nos preocuparamos y que si todo iba bien en media hora estaríamos fuera pero llevabamos mas de hora y media y seguíamos allí. Mientras tanto, no paraba de recibir llamadas y whatsapps del taxista, del dueño del hotel donde teníamos esa noche la reserva y del guía con el que habíamos quedado para cenar. Uno quería saber cuando salíamos por que era tarde y se quería ir a casa; otro me presionaba para que les dijera que se dieran prisa y nos revisasen ya las maletas; otro que tenía un amigo inspector y que siempre hacían revisiones exhaustivas a los latino-americanos por problemas acontencidos en el pasado pero que si no llevabamos drogas ni nada ilegal que todo iría bien.

Llegaban pasajeros después de nosotras, les inspeccionaban y se iban y nosotras, nosotras seguíamos allí. La paciencia de los que nos esperaban se empezaba a acabar y la nuestra también.  Me levanté desesperada y con los ojos llenos de lágrimas les argumenté que llevabamos muchas horas de viaje y espera, que estabamos agotadas y que solo queríamos salir de allí.

La información de que el problema era la nacionalidad de Tere se hizo evidente en el momento de la inspección. A ella la revisaron su maleta exhaustivamente, mientras que a mi apenas me miraron nada. Todo estaba bien. Un intenso alivo nos invadió, parecía que la pesadilla ya había llegado a su fin, pero lo que no podíamos imaginar era que lo peor estaba por llegar. Una a una, nos llevaron a un pequeño cuarto, con iluminación tenue, paredes blancas y desconchadas y una única silla en medio. Allí, una inspectora cubierta por el hiyab nos indicó que nos quitaramos la ropa. Nos tocó todas y cada una de nuestras parte del cuerpo, incluyendo nuestras zonas íntimas.

No tengo palabras para expresar las sensaciones que percibí. Estaba traumatizada, triste, apenada, desconcertada…. Y aunque en ese momento no era consciente, fue algo que me costaría superar.

Tere se sentía culpable y me llegó incluso a pedir disculpas por ser mexicana. Pero mi dulce amiga no tenía culpa alguna. La culpa era esta sociedad en las que vivimos, que todavía no entiende que las personas somos personas independientemente de nuestra nacionalidad, color de piel, sexo, etc.

Y con un amargo sabor de boca fué como empezamos nuestro viaje a Egipto.

Si quieres conocer más sobre mis experiencias o necesitas consejos para organizar tu evento o viaje a Egipto, suscríbete o pregúntame.

Con la mejor de mis sonrisas,

Carmen.

2019-04-28T18:20:28+00:00

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