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A bordo del tren 87: De Aswan a Luxor. Parte 1.

Aprovechando la estrechez del pasillo y el bamboleo del tren baja la mano a la altura de mis lumbares alargando sus dedos hasta el trasero…

naturaleza

Ra, Dios del sol, y Anubis, Diosa del agua, parecen haberse aliado con nuestro estómago lleno tras el almuerzo en el legendario hotel Old Cataract, construido en 1899 y escenario de la novela y película muerte en el Nilo de Agatha Christine, para sumergirnos en un estado de ensoñación mientras recorremos, a orillas del Nilo, los dos kilómetros y medio que nos separan de la estación de tren de Aswan. Tere, mi amiga mexicana, y yo volvemos a Giza a bordo del tren 87, parando previamente en Luxor para hacer una visita fugaz.

Un tumulto de gente, música y pancartas nos hace volver a la realidad. Con una sonrisa dibujada en mi cara saco la gopro mientras pienso en lo afortunadas que somos por esta celebración inesperada. Tras un rato miro el reloj. –¡tan solo quedan 10 minutos para la salida del tren! –le digo al taxista en inglés mostrando los 10 dedos de mi mano. El señor pone el intermitente a la derecha, la calle está cortada. Avanzamos a ritmo lento con el ruido del claxon como hilo musical. Un nuevo intento de giro a la derecha, en medio de la calle un coche se ha averiado, damos marcha atrás. Me siento como un hámster dando vueltas en la rueda de su jaula. –¿Está muy lejos la estación de tren? –le pregunto pensando que será mas rápido ir andando. Por suerte estamos cerca. Sudadas y con la respiración entrecortada subimos al tren.

Nada más pisar el tren, un joven egipcio de pelo negro, cara mofletuda y lisa, embutido en un traje azul marino, nos da la bienvenida y nos acompaña a nuestro camarote. Al ver el camarote, el mismo en el que pasaremos la noche al día siguiente, nos damos cuenta que los 90 dólares por persona que hemos pagado por el trayecto de Aswan a Giza no son debidos a la calidad del servicio sino al sobrecargo que les aplican a los turistas en algunos países, uno de ellos Egipto, dónde por el mismo billete, trayecto y camarote un nacional paga cuatro veces menos. Todavía no nos hemos acomodado y aparece de nuevo el revisor. –¿Todo bien habibi? –nos pregunta. Unas carcajadas estallan en nuestras gargantas. Las nuestras como alivio por estar allí, contemplando como la tonalidad del sol pasa de amarillo a naranja a medida que se oculta entre las dunas al otro lado del Nilo. Las del revisor suenan a esperanza. No tarda en volver, esta vez quiere una foto con nosotras. Accedemos, a estas alturas del viaje, tenemos fotos con medio Egipto. Aprovechando la estrechez del pasillo y el bamboleo del tren baja la mano a la altura de mis lumbares alargando sus dedos hasta el trasero. Me aparto, le grito «¡haram!» y me marcho. Tere me sigue sin entender qué ha pasado.

Tras tres horas de viaje llegamos a Luxor. Ha caído la noche y no tenemos contratado el traslado al hotel, situado en la orilla Oeste, la del valle de los reyes. Salimos de la estación y una avalancha de hombres y voces se dirigen a nosotras «Habibi, habibi, taxi, taxi». –Mira Tere, me da igual el precio, voy a llamar al hotel y que vengan a buscarnos –le digo agobiada. –No sabes lo que me acaba de pasar. En los tornos de salida un señor ha apretado su miembro erecto contra mi pompis –susurra Tere con la cabeza agachada. Ya estoy llamando al hotel.

Tras una corta espera, dos jóvenes llegan en un coche blanco y destartalado, montan las maletas en la baca y nos dirigimos hacia las embarcaciones. Bajamos una rampa de madera y saltamos de embarcación en embarcación hasta llegar a una faluca. La simpatía de los muchachos y la brisa en el rostro se llevan todo lo malo. Por fin hemos llegado.

Aprovechando la estrechez del pasillo y el bamboleo del tren baja la mano a la altura de mis lumbares alargando sus dedos hasta el trasero…

naturaleza

Ra, Dios del sol, y Anubis, Diosa del agua, parecen haberse aliado con nuestro estómago lleno tras el almuerzo en el legendario hotel Old Cataract, construido en 1899 y escenario de la novela y película muerte en el Nilo de Agatha Christine, para sumergirnos en un estado de ensoñación mientras recorremos, a orillas del Nilo, los dos kilómetros y medio que nos separan de la estación de tren de Aswan. Tere, mi amiga mexicana, y yo volvemos a Giza a bordo del tren 87, parando previamente en Luxor para hacer una visita fugaz.

Un tumulto de gente, música y pancartas nos hace volver a la realidad. Con una sonrisa dibujada en mi cara saco la gopro mientras pienso en lo afortunadas que somos por esta celebración inesperada. Tras un rato miro el reloj. –¡tan solo quedan 10 minutos para la salida del tren! –le digo al taxista en inglés mostrando los 10 dedos de mi mano. El señor pone el intermitente a la derecha, la calle está cortada. Avanzamos a ritmo lento con el ruido del claxon como hilo musical. Un nuevo intento de giro a la derecha, en medio de la calle un coche se ha averiado, damos marcha atrás. Me siento como un hámster dando vueltas en la rueda de su jaula. –¿Está muy lejos la estación de tren? –le pregunto pensando que será mas rápido ir andando. Por suerte estamos cerca. Sudadas y con la respiración entrecortada subimos al tren.

Nada más pisar el tren, un joven egipcio de pelo negro, cara mofletuda y lisa, embutido en un traje azul marino, nos da la bienvenida y nos acompaña a nuestro camarote. Al ver el camarote, el mismo en el que pasaremos la noche al día siguiente, nos damos cuenta que los 90 dólares por persona que hemos pagado por el trayecto de Aswan a Giza no son debidos a la calidad del servicio sino al sobrecargo que les aplican a los turistas en algunos países, uno de ellos Egipto, dónde por el mismo billete, trayecto y camarote un nacional paga cuatro veces menos. Todavía no nos hemos acomodado y aparece de nuevo el revisor. –¿Todo bien habibi? –nos pregunta. Unas carcajadas estallan en nuestras gargantas. Las nuestras como alivio por estar allí, contemplando como la tonalidad del sol pasa de amarillo a naranja a medida que se oculta entre las dunas al otro lado del Nilo. Las del revisor suenan a esperanza. No tarda en volver, esta vez quiere una foto con nosotras. Accedemos, a estas alturas del viaje, tenemos fotos con medio Egipto. Aprovechando la estrechez del pasillo y el bamboleo del tren baja la mano a la altura de mis lumbares alargando sus dedos hasta el trasero. Me aparto, le grito «¡haram!» y me marcho. Tere me sigue sin entender qué ha pasado.

Tras tres horas de viaje llegamos a Luxor. Ha caído la noche y no tenemos contratado el traslado al hotel, situado en la orilla Oeste, la del valle de los reyes. Salimos de la estación y una avalancha de hombres y voces se dirigen a nosotras «Habibi, habibi, taxi, taxi». –Mira Tere, me da igual el precio, voy a llamar al hotel y que vengan a buscarnos –le digo agobiada. –No sabes lo que me acaba de pasar. En los tornos de salida un señor ha apretado su miembro erecto contra mi pompis –susurra Tere con la cabeza agachada. Ya estoy llamando al hotel.

Tras una corta espera, dos jóvenes llegan en un coche blanco y destartalado, montan las maletas en la baca y nos dirigimos hacia las embarcaciones. Bajamos una rampa de madera y saltamos de embarcación en embarcación hasta llegar a una faluca. La simpatía de los muchachos y la brisa en el rostro se llevan todo lo malo. Por fin hemos llegado.

2021-02-27T20:11:52+00:00

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